Continúan las despedidas. Anoche estuve con Doug, Chantal y Molly, la más Royal Family de Madrid. Doug, Chantal y Molly vivían tan ricamente en Londres, con sus tés, sus bombines y sus colchas de flores, cuando un día decidieron trasladarse a España y fastidiarme a mí las vacaciones en la city. Y ya no tiene tanta gracia venir a visitarlos a la capital (que lo sepáis) que ya la tengo muy vista (como si Madrid se acabara alguna vez). Claro que en cierta manera, nos hemos estado persiguiendo por el mundo, y probablemente lo haremos durante el resto de nuestras vidas. Somos gente viajera.
Aún recuerdo el día en que Chantal entró en nuestras vidas. También recuerdo el día en que Doug entró en la mía, pero ese no tiene tanta chicha. Yo iba como una Magdalena por las calles de Santiago por razones varias que no vienen al caso y me encontré a Doug que por aquel entonces se dedicaba a escandalizar a los compostelanos con sus historias subidas de tono y de clave. Ah, el humor inglés… Después de contarle con pelos y señales mi terrible, inconmensurable, insuperable drama (todo esto en medio de la calle, lloviendo), Doug sólo acertó a contestar: “He conocido a una chica en Portugal”. ¡Toma! El resto ya es historia. Podría detenerme mucho en dicha historia, pero los lectores de esta página, con ayuda de la foto y de las distintas pistas que he ido dando, sabrán de qué va la cosa.
Chantal se trasladó a Santiago, me enseñó a hacer un plato vegetariano superbueno cuya receta (era de esperar) he olvidado (no te olvides de pasármela), yo le regalé un libro personalizado protagonizado por una tal Chantelle (mi francés no era espectacular por aquel entonces) y causó furor con su dulce belleza afrancesada por las vetustas calles de piedra; luego se fueron a Londres, y finalmente se vinieron a Madrid, a bailar el chotís. Ahora yo me voy a América.
Sin embargo, algo nos une de por vida. La pequeña Molly, de la que soy orgullosa madrina. La pequeña Molly es lista como un rayo, y con dos años y medio ya habla tres idiomas. O los balbucea, que es más de lo que muchos adultos pueden hacer sólo con uno. Entre francés, inglés y español, la pequeña Molly puede dar conferencias sobre muchas cosas. Sentirse fascinada por un mundo de hadas de cartón o exigir su ración de azúcar para no perder comba. Sabe muy bien con quien se junta, y aunque no se arrime, sonríe pícara consciente de que el mundo es de las risueñas. Pesa poco, pero pisa fuerte, y el otro día pude ver claramente una estrella en su frente. No es ninguna novedad. Todos los que la queremos sabemos que fue un regalo especial de Santa Claus que arrancó el astro del cielo para que en su vida nunca hubiera oscuridad.
Hey, Molly, quand est-ce que tú vendrás to visit your marraine?
