Posteado por: Alejandra | 21 Febrero 2009

Dos mil nueve

Todo estaba ya preparado. Llevaban mucho tiempo esperando aquel viaje. Las pequeñas maletas, las gafas de sol, los chorizos  y las butifarras componían una constelación de admirados adminículos que anticipaban lo que iba a ser un día inolvidable. Las navajillas se movían a velocidad cortando aquí y allá, resplandeciendo en sus encuentros con el sol y el aire se impregnaba de un entrañable olor a tocinos y queso curado.

Los de las filas de atrás, como cabía esperar, pronto empezaron el canturreo. Las tonadas populares se entremezclaban con alalás y aturuxos y parecía que nada ni nadie podría nunca arrancarles la felicidad de aquel día. Más adelante, dos solitarios hacían migas compartiendo la mortadela e intercambiando asentimientos mutuos sobre lo descastada que es hoy en día la juventud. Otro permanecía en silencio, escuchando el partido con un monocasco que salía de una radio del tamaño del libro rojo de Mao. El pasillo siempre ocupado con gente que iba y venía, risas, movimiento continuo… definitivamente aquel día quedaría grabado en sus corazones para siempre.

De pronto, un frenazo brusco, el autobús que se tambalea y toma una desviación improvisada a la derecha . Las cabezas que se ciñen a las ventanas intentando averiguar la nueva dirección. Chasquidos de patillas de gafas que se abren y se cierran y la imposibilidad de leer los carteles debido a la velocidad que ha cogido el vehículo. Silencio provocado por el estupor inicial, y de pronto las primeras quejas resultantes de los remeneos que el autobús imprime en una huida desesperada hacia delante. El lider natural del grupo, ganador en tres ocasiones del campeonato de petanca de su asociación de vecinos, toma la iniciativa y se atreve a alzar la voz. “Oiga, pero, esto que é?“. No recibe respuesta alguna. De repente, tras la ceguera natural del alborozo, reparan en que el conductor va encapuchado. Y no sólo eso. De dentro de la capucha le cuelgan unos cordones que los viajeros no logran identificar.

Se miran los unos a los otros intentando buscar respuestas, pero el balanceo violento del coche les disuade de levantarse. Nadie quiere romperse una cadera. Algunos gritan, algún ataque de histeria. Otros se dedican al chorizo porque al fin y al cabo la vida son cuatro días. Antes de que les haya dado tiempo a reaccionar, de tomar alguna decisión, el autobús se detiene. Se abren las puertas. El conductor ni les habla ni les mira. El de la petanca sale el primero y tras inspeccionar cuidadosamente el terreno, se da cuenta de que unas vallas que discurren de la puerta del vehículo a la puerta de un local, impiden cualquier intento de fuga. Más encapuchados, con símbolos extraños pintados en el pecho flanquean el antinatural corredor. Bien agarrados a sus avituallas, por lo que pudiera pasar, se dirigen en fila india al interior del edificio. No saben lo que les espera allí. Alguien llora. Se van sentando y cuando ya todos están colocados donde tienen que estar, allí aparece él acompañado de su habitual fanfarria.

Como lle din? Quin!

Como lle chaman? Quintana!

Uno de los ancianos, sin osar levantarse, rezonga por lo bajines

Esto nin é música nin é nada!

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Una excursión de ancianos a Portugal termina en un mitin de Quintana.


Respuestas

  1. Dios mío, que condena. Nadie se merece algo así.
    Pero, aunque el fin no justifica los medios, bien es verdad que por leer el relato y pasarlo bien con él, casi, casi, se aplaude el desatino.
    Todo sea por el humor que eleva el espíritu.

  2. “Otros se dedican al chorizo porque al fin y al cabo la vida son cuatro días”, JAJAJAJA…

    P.D. Mira, ya está bien, hay que votar a los otros, leñe, digámoslo claramente.

  3. ¿Los otros? ¿Los muertos?

  4. Me ha encantado el relato… Tanto tiempo despotricando contra las prácticas caciquiles y cuando tienen opción hacen exactamente lo mismo, sin rubor ni escrúpulos. Se retratan.


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