Debajo de la casa de mis padres hay un supermercado. Revaloriza el valor del inmueble tener tan sólo que bajar al portal para hacer la compra. Llevo muchos años yendo a ese supermercado y nunca había oído pronunciado el nombre de ninguno de sus empleados. Nunca hasta este verano. El primer día que allí me personé sólo se oía una palabra en el recinto: Paco. Paco por aquí, Paco por allá. Parecía que las clientas no tenían otra cosa que decir. Paco, Paco, Paco.
La primera vez que vi a Paco estaba apoyado en el quicio de mi portal, fumándose un cigarro. Supe que era él por la pinta de macho alfa de ultramarinos y por la placa identificativa. Paco no es guapo, tampoco atractivo, pero posee ese halo de especimen fértil que tantos estragos ha causado en mi supermercado. Con sus pulseritas de cuero y su pelo negro resobado, Paco pasea su cuerpo por los pasillos con la parsimonia de un gallo de corral. Dejando claro que con su presencia, se han acabado los problemas.
Hoy, ante la escasez de dependientas, hemos tenido una especie de revuelta en el establecimiento. La pescadera y la carnicera no abandonan su puesto ni en Defcon 1 y la tercera en discordia no daba abasto entre las frutas y los embutidos. La queja se ha extendido como la pólvora y desde todos los rincones se oían voces femeninas exclamando ultrajadas: “esto es una vergüenza”, “pues que contraten a más personal”, “no se puede tener así esperando a la gente”, “que hay que hacer la comida”. Las quejas persistían aún a la hora de pagar. Las colas parecían comités bolcheviques: “luego que no se extrañen si pierden clientela por las tardanzas” (esto lo decía una que en vez de coger un carrito amontonaba tres cestas en la fila); “lo que no se puede es tener así a la gente”, “tenemos más cosas que hacer que estar esperando a que alguien quede libre”. Una cajera enana que por allí pulula, que parece que va a heredar la empresa, bastante repelente, animaba a la revolución: “¡llamen a atención al cliente, y quéjense, llamen, llamen!”. La cosa empezaba a ponerse peligrosa. Se imponía la presencia de más tenderos, ya.
Mientras todo esto ocurría, Paco estaba en mi portal, rascándose los innombrables.
Joer con el Paco. El cigarro ese debía ser por lo menos un cohíba, con lo que tardó en fumárselo.
Por: Carlos el 27 Junio 2009
a las 9:58 am